NUEVA YORK ROMPE EL SILENCIO MIENTRAS WASHINGTON JUEGA A LA GUERRA

Estados Unidos cruzó un límite que ya no puede esconder bajo discursos de seguridad o libertad. Bombardeó un país, capturó a su presidente y lo trasladó como trofeo político. Y esta vez, la denuncia no vino de Caracas ni del Sur Global: vino desde el corazón del propio imperio.
Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, llamó a las cosas por su nombre. Dijo lo que la Casa Blanca evita decir y lo que los aliados callan por conveniencia.
La captura militar de Nicolás Maduro y su esposa en territorio venezolano no fue un trámite ni una operación quirúrgica. Fue una decisión política ejecutada con aviones, tropas de élite y fuego real. Más de 150 aeronaves, bases bombardeadas, una ciudad bajo ataque. Todo para imponer poder, no justicia.
Mamdani fue claro: atacar unilateralmente a una nación soberana es un acto de guerra y una violación del derecho internacional. No habló como diplomático. Habló como autoridad electa de la ciudad donde ahora Estados Unidos pretende encerrar a un presidente secuestrado en el exterior.
Mientras Trump exhibe la operación como demostración de fuerza, Nueva York queda convertida en escenario de una provocación global. El alcalde advirtió sobre las consecuencias, sobre la seguridad de la ciudad y sobre las decenas de miles de venezolanos que viven allí, usados ahora como daño colateral de una aventura imperial.
No es un detalle menor: cuando hasta dentro de Estados Unidos se denuncia la guerra, el relato de “orden” se derrumba.
CUANDO UN ALCALDE TIENE QUE RECORDAR QUE SECUESTRAR PRESIDENTES ES GUERRA, EL PODER YA PERDIÓ TODA CARETA
La violencia se normaliza, el cinismo se institucionaliza y la fuerza bruta se vende como liderazgo. Lo verdaderamente peligroso no es solo lo que hizo Estados Unidos en Venezuela, sino la idea de que el mundo se acostumbre a que esto sea “normal”.

